El trabajo, como una de las más nobles encomiendas humanas, debería cumplir la misión fundamental de generar riqueza y mejorar la calidad de vida, a nivel individual y colectivo. Sin embargo, más allá de su potencial de trascendencia y dignificación, esta actividad a la que los seres humanos dedicamos en promedio más de 10 años efectivos de nuestra existencia, también conlleva severas contrariedades.

Aunque se supone que ya dejamos atrás las concepciones del trabajo asociadas a la esclavitud, la explotación y el abuso, lo cierto es que en las ajetreadas agendas de hoy la actividad laboral enfrenta preocupantes desafíos; entre ellos, el terrible estrés.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), el estrés laboral es un riesgo para la salud mental y física de los trabajadores. Al realizar sus funciones bajo presión, las personas suelen volverse enfermizas, depresivas, irascibles, ansiosas, poco eficientes y desmotivadas. En casos extremos, la tensión puede originar problemas sicológicos, emocionales o trastornos siquiátricos y, consecuentemente, ausentismo, adicción e incapacidad.

Los efectos son tan evidentes y dañinos que configuran un cuadro clínico que está afectando a gobernantes y empresarios de todo el mundo. Se le conoce como Síndrome de burnout o “fatiga laboral” y ha sido descrito como una disfunción psicológica provocada por altos niveles de tensión y presiones en el trabajo, de frustración personal e inadecuadas actitudes para enfrentar situaciones conflictivas o crisis. En México 4 de cada 10 trabajadores reconocen, por sí mismos, sufrir estrés laboral (OIT).

Si bien muchos estudios se concentran en el ámbito privado de las empresas, el padecimiento también se manifiesta en la esfera pública. De hecho, si hay un trabajo en el que la probabilidad de aparición y contagio de este síndrome sea alta, es el de la política. Esto es muy preocupante, pues estamos hablando del sector público de personas que nos gobierna, que toma decisiones en nuestro nombre y que, supuestamente, define mucho de nuestro destino. ¿Cuántos políticos y gobernantes esconden su agotamiento emocional con o sin diagnóstico de sus Neurólogos?

Rumbo a las elecciones presidenciales 2018, las fuertes dosis de estrés están provocando que la burocracia mexicana trabaje mucho, pero inútil e improductivamente. Solo les interesa alabar al jefe, consolidar compadrazgos, generar complicidades, proteger sus intereses y los de su grupo político y obtener un nuevo y mejor “hueso”. No sorprendería que estos políticos mexicanos padezcan este síndrome de Burnout generalizado, aunque en este momento lamentablemente sus efectos los están transfiriendo a los ciudadanos cada vez más llenos de hartazgo, apatía, angustia, frustración y enojo.

DIAGNÓSTICO CERTERO

Un artículo especializado de la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, señala que la palabra burnout inicialmente se hizo popular en la jerga deportiva y artística como referencia a “una situación en la que, en contra de las expectativas de la persona, ésta no lograba obtener los resultados esperados por más que hubiera entrenado a fondo para conseguirlos”.

En español burnout significa “estar quemado” y, coincidentemente, esta traducción resulta perfecta para los políticos y gobernantes de México, cuya burocracia ignora que la clave del progreso social no está en hacer muchas cosas, sino en hacerlas bien y en favor del bien común.


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