En toda sociedad hay buenas y malas personas; hay personas que cumplen las leyes y otras que engañan para no cumplirlas. Todos conviven bajo los deberes de control, supervisión y vigilancia a los que supuestamente están obligados los gobiernos, quienes lamentablemente suelen estar atiborrados de gobernantes que representan más al tipo de personas que incumplen sistemáticamente las normas.

Ante las próximas elecciones presidenciales en México 2018 para elegir a la futura clase gobernante, ¿no es lógico preguntase por qué estamos en un ambiente donde prevalecen los corruptos sobre los honestos? Esta sencilla pregunta podría resultar absurda y obvia, pero lo cierto es que resulta cuestionable por qué si los gobiernos anuncian tanto el combate a la corrupción, los hechos demuestran que seguimos de mal en peor. Mientras tanto, en este contexto emerge una fuerza ciudadana llena de hartazgo, mucho hartazgo, precisamente por la rampante corrupción. Estos ciudadanos observan y reprochan silenciosamente o con aparente indiferencia. Ven cómo sus gobiernos presumen que están decididos a hacerles creer que están conviviendo todos en un Estado de Derecho, sin embargo, nuevamente la realidad demuestra, a escala general, que ello es tan sólo un hermoso ideal o expectativa inalcanzable, pues sus gobernantes les hacen creer que “algo o alguien” cambiará la terrible situación para mejorar, pero lamentablemente la percepción es que el país se les está descomponiendo y la verdad es escoltada por muchas mentiras que la hacen inaccesible.

Vivimos en una era posterior a la verdad

Sin duda, la incredulidad es un derecho. Pero como reza el refrán: La burra no era arisca, los palos la hicieron. Hoy los palos acogen forma de populismos como manera de ascender y de hacerse del poder político. El renacer de los nuevos populismos lamentablemente es una tendencia que llegó para quedarse. Crece y se nutre de incongruencias, inconsistencias y la necesidad de anunciar o prometer lo absurdo, de idiotizar todo ante las expectativas y promesas de alto voltaje, siempre irrealizables. Esos líderes populistas se presentan ante la sociedad como hombres y mujeres de bien, aparentemente bien intencionados. Por ejemplo, nótese las palabras de Oriol Junqueras recientemente pronunciadas en el contexto de la crisis de Cataluña, España: “Antes de demócrata soy buena persona”.

Los sistemas políticos sobreviven gracias a la complicidad de los políticos, quienes se mueven sigilosamente permitiendo que los poderes del Estado toleren el resquebrajamiento de la legalidad constitucional y la simulación en los distintos niveles de gobierno. Para estos líderes, el derecho a la verdad pierde todo valor. Esa misma clase política, además de darle la espalda a los honestos ciudadanos, se ha olvidado de hacerles preguntas inteligentes; nos les interesa conocer su opinión ni las verdaderas necesidades sociales. Los gobernantes con tácticas populistas dominan el arte genuino de lo falso. Son políticos que han abandonado el debate de las ideas y el sano pensamiento para dedicarse al pragmatismo individual y egoísta. Su mantra se concentra en el bien personalísimo, sin importar anular al bien común. Viven en la era del funcionalismo individualista donde sólo les importa -y motiva- acceder y detentar el poder por el poder mismo. Las obras de Maquiavelo se quedan cortas para esta nueva generación de políticos populistas, sean de derecha o de izquierda.

El populismo no tiene pereza para entender y comprender cómo manipular y exaltar las emociones individuales en aras de lograr el control social. Su “autenticidad” radica en poner en marcha sus planes de pragmatismo y tácticas de exaltación emocional por medio de mentiras y falsedades que “gustan a la gente”. Siendo así, México vivirá una experiencia peculiar en el año 2018, donde la política se hará en oficinas y alcobas para proyectarla esencialmente a través de las redes sociales y plataformas digitales. Los algoritmos serán los verdaderos jefes de campaña y de promoción del voto.

De cara a las elecciones presidenciales 2018, el objetivo de los honestos ciudadanos será generar una fuerza enfocada no solo en presionar a los gobiernos para restablecer el Estado democrático y de Derecho, sino para exigir su debida o sana utilización para evitar torrentes de nociva desinformación populista y para evitar excesiva manipulación o acarreo partidista.

Como bien lo señala Manuel Arias Maldonado (Opinión, El País): “el sentido de la posverdad está en su sinsentido”. Y cuando se refiere a las redes sociales y a los medios de comunicación, también señala que “el resultado es la libre circulación del bullshit que Harry Frankfurt definió como una retórica persuasiva que se desentiende de la verdad”.

Posibilidad informática de manipular consensos

Por su parte, Javier Salas (Ciencia, El País) informa que unas recientes investigaciones del Instituto de Internet de la Universidad de Oxford concluyen que “los bots [cuentas automatizadas] pueden influir en procesos políticos de importancia mundial”, llegando a “manipular consensos”. “La propaganda informática es ahora una de las herramientas más poderosas contra la democracia” y, por ello, las plataformas digitales “necesitan rediseñarse significativamente para que la democracia sobreviva a las redes sociales”.

El pragmatismo populista, de derecha o de izquierda, es totalmente eficiente viralizando falsedades. Por ello preocupa que México no esté preparado, capacitado ni equipado institucionalmente para garantizar unas elecciones justas y apegadas a la realidad del voto mayoritario consciente. La viralización de mensajes con información falsa en las redes nunca es espontánea; todo lo contrario, son producto de intrincadas estructuras y arquitecturas digitales con poderosos algoritmos, reglas, secuencias y canales de comunicación muy sofisticados. En el ecosistema digital, la conciencia y la convicción personal son relegadas totalmente por la atención de muy corto plazo.

El Instituto Nacional Electoral (INE) parece no tener antídoto ni remedio para evitar se repita la incertidumbre e inseguridad que representaron los recientes comicios del Estado de México y Coahuila 2017. Sin duda alguna las estrategias en redes sociales podrán ser el camino para enturbiar las elecciones 2018 y, simultáneamente, para servir de vehículo de gran velocidad cuyo destino será estacionarse en los Pinos.

Estos fenómenos de estratégica manipulación social van mucho más allá del marketing político o de las batallas basadas en la desinformación. Lo que verdaderamente está en peligro de extinción es la propia democracia; ese medio de acción política tan débil y lacerada que se ha mantenido bajo los ambientes políticos tradicionales y de representación indirecta, hoy totalmente caducos.

Nuestro país vivirá una novedosa experiencia al aplicarse toda la capacidad e influencia de la tecnología y plataformas digitales para atraer, someter y engañar a los nuevos votantes, captando su atención para el único objetivo de votar, sin importar si es un voto de reflexión, en conciencia o con convicción. Los líderes populistas tratarán de desdeñar y no tomar en cuenta a los votantes como personas, sino como aspectos emocionales basados en sus hábitos, manejo de redes, estilos de vida, contextos sociales, etc. Esa es la trampa de la desnaturalización del electorado que verá exaltadas sus emociones inconscientemente previo al momento de votar, precisamente por quien logre comprender las nuevas tendencias en las próximas elecciones 2018. El populismo dará prioridad a las generaciones tecnológico-dependientes y a quienes les encanta estar siempre conectados a través de un mundo digital-bidireccional, pero totalmente virtual. La capacidad de adaptación, pero sobre todo de anticipación, será fundamental en las futuras campañas políticas.

Esperemos que la democracia real, y no solo la virtual, esté presente en México 2018. No se trata sólo de “elegir” libremente, sino de “elegir bien”, a pesar de que no hay cosa más difícil que esto en un país con demasiada debilidad institucional y carente de civilidad. Recordemos que las leyes de la democracia, son para el bien común, o no son leyes.


Fuente: El Semanario, ve el artículo original aquí.