En un campo de batalla, en medio de una fiera lucha, dos soldados de bandos enemigos se enfrentan a muerte con su arma en puño y, como es lógico en cualquier contienda de suma cero, en el que uno debe salir del juego para que el otro continúe jugando, ambos disparan sus rifles al mismo tiempo hiriéndose mutuamente.

Los dos cuerpos sangrando caen uno junto al otro por la ladera del monte, rodando como bultos entre zarzales, estruendos de cañón, disparos con olor a pólvora y una cantidad enorme de polvo y, al fin una gran piedra, a manera de escollera, los detiene quedando malheridos frente a frente y ya sin las armas para disparar nuevamente ni fuerza para luchar cuerpo a cuerpo.

Apenas se distinguen sus uniformes e insignias militares: uno con la insignia del águila imperial machacada por los golpes y la sangre, el otro con la del reino invasor. Uno porta la escarapela roja y, el otro, la de color azul con una franja amarilla. Los dos son soldados de profesión. Y los dos están a punto de morir. Pero en un momento determinado cruzan sus miradas y se identifican como agresores mutuos: ¿Por qué lo hiciste? ‒pregunta uno de ellos‒ ¿Me aborreces? Y el otro responde, ¿cómo habría de odiarte si no te conozco?Disparé porque eres un soldado del bando contrario, llevas las insignias del ejército enemigo y me dieron la orden de disparar contra los que identificara como enemigos en el campo de batalla.

Esta microhistoria, que recojo del viejo poema español La Guerra, escrita por Juan Tomás Salvany, me parece que pone en evidencia la naturaleza de un tipo de competencia, contienda o dominación en la que no hay odio, sino enemigos públicos sujetos a unas reglas. Forma de enemistad que sólo es superada por la lucha política “democrática”.

En efecto, en su origen, los seres humanos peleaban movidos por el odio de unos contra otros. Odio racial, religioso, personal o familiar, que los llevaba a destruirse, unos a otros, de forma bestial, sin respetar ninguna regla ni principio de clemencia con el enemigo. Era el total exterminio de la dominación de unos sobre otros. Sin embargo, con el paso del tiempo, los seres humanos convirtieron esa forma radical de combatir en una guerra reglamentada, en la que generalmente no participaban civiles ni había destrozos brutales, sino que se sujetaba a unas ciertas reglas de honor militar, dando lugar así a la guerra moderna. A partir de la guerra moderna, la humanidad dio un paso más en la lucha como medio de dirimir controversias, sustituyendo los campos de batalla por espacios públicos (parlamentos, tribunales, congresos, elecciones, etcétera), y sustituyó las armas por las razones, debates acalorados y argumentos. De modo muy breve, ésa es la historia de la lucha política institucionalizada a la que llamamos democracia de partidos.

Se trata, sin duda, de una evolución, pues no hay cosa más cruel en el mundo que el odio convertido en violencia, pues el odio o aborrecimiento es un tipo de “enemistad privada”, en la que se ponen en práctica los más bajos instintos o sentimientos de crueldad, exterminio, daño, venganza y destrucción: Te elimino porque tu presencia me es odiosa, porque perteneces a una raza o a una etnia maldita. En cambio, en la guerra reglamentada y en la política de partidos, no hay enemigos privados; los enemigos son públicos. Es decir, teóricamente no hay odios, sino “diferencias” ‒incluso contundentes‒ que han de dirimirse por medio de debates, confrontaciones de ideas y, finalmente, en unas elecciones legalmente reglamentadas e implementadas por instituciones legítimas. Por ello es trascendente recordar que, al finalizar una elección, en la que uno gana y los demás pierden, la enemistad pública debe concluir, pues la contienda ha terminado. Así, se da paso al gobierno de los ganadores y, en su caso, al surgimiento de una oposición de los perdedores, la cual, por dura que sea, siempre deberá tener su cauce por las vías institucionales.

Claro está que, actualmente, el Derecho Penal muchas veces se erige como una poderosa herramienta de control político para enfrentar a los enemigos públicos; se usa ‒o abusa‒ como “arma política” bajo el pretexto del “Estado de Derecho”. Pero, ¿qué pasa con la resiliencia política?

Con independencia de esto, y para adoptar cada quien la moraleja que mejor le convenga, mejor regresemos a las palabras finales del poema de Salvany sobre la guerra, que resultan perfectamente aplicables e interpretables a las contiendas electorales de nuestros días: …Tras rodar malheridos por la ladera, ambos soldados, a punto de morir, se encuentran frente a frente y sostienen este diálogo:

 ¡Caray, qué lucha tan fiera!
– ¿Fue tu brazo el que me hirió?
– Sí.
– ¿Me aborrecías?
– ¿Yo? Ni te conozco siquiera.
¿Y tú?… ¿Me has herido?
– Sí.

– ¡A ellos! -el jefe decía-;
y sin mirar lo que hacía,
el hierro en tu pecho hundí.

– ¡Vaya un modo de matarnos!
– ¡Nos herimos sin odiarnos!
– ¡Sin conocernos siquiera!

– ¡Cómo duele esta herida!
– ¡Tampoco mi mal se calma!
– ¿Me perdonas?
– Sí, ¡Con el alma!
¿Y tú?
– Yo, ¡Con alma y vida!,

– Acércate,
– Será en vano:
estoy tan débil y tan…
– Dame tus brazos.
– Ahí van.
– Soy tu amigo.
– Soy tu hermano…


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