Algo está pasando en el mundo. La globalización se topó con pared. En la civilización más abierta de la historia, el mundo se nos cierra a cada paso. Estas contradicciones forman muros de intolerancia, de miedo, de ideologías que dábamos por muertas. Es el resurgir de nuevos nacionalismos con capacidad para alterar sistemas democráticos, inspirar populismos de izquierda y de derecha, y redefinir las relaciones entre personas, organizaciones y naciones.

Sí, los nacionalismos están de regreso en versiones recargadas. Son distintos a aquellos que durante los dos siglos anteriores dieron vida a los Estados Nación con resabios de alergia a las visiones globales. Hoy estamos frente a dinámicas encendidas por cruces de caminos y líderes narcisistas, populistas, fundamentalistas, xenofóbicos, violentos y con emociones exacerbadas que provocan retrocesos como humanidad.

Ni los Millennials ni los de la Generación X hemos tenido la experiencia de sentimientos nacionalistas. Nada hubo para nosotros más lejano e incomprensible que los honores a la bandera o el juramento de lealtad que nos hacía repetir palabras ininteligibles: “bandera de nuestros héroes, símbolo de la unidad de nuestros padres y de nuestros hermanos” (…). Nuestro patriotismo era como nuestro civismo: formal, aparente y sin convicción. En una palabra, solo políticamente correcto.

Para las generaciones contemporáneas ‒X o millenial‒, el patriotismo tradicional ha perdido todo sentido. Se convirtió en una cuestión ajena, abstracta e, incluso, tergiversada; más parecido a un patrioterismo simplón que al amor a la Patria, ésa que ya no inspira sentimientos de entrega ni de sacrificio, enterrada en letras de discursos e himnos nacionales.

Impregnados únicamente por el internet, las redes sociales y los smartphones, nuestros niños y jóvenes tienden a identificarse más como habitantes del planeta que como miembros del Estado. Es la ciudadanía mundial sin vínculos con el pasado, que según Martha Nussbaum relegaba el nacionalismo a una cuestión moralmente irrelevante.

La realidad muestra que los neonacionalismos o seudonacionalismos que mueven peligrosamente la balanza del mundo, están regresando a las personas del mundo virtual con renovadas ideologías de guerra y dogmatismos que creímos derrumbados con el otrora muro de Berlín.

El nacionalismo sigue siendo una emoción política de tremendos alcances. México encara esta realidad con el antimexicanismo que promueve Trump y que de alguna manera apoyan más de 60 millones de estadounidenses. Es solo una de las señales que confirma lo efímero del sueño de un mundo sin fronteras y la supuesta supremacía de mandatos internacionales sobre los intereses internos. Timothy Garton Ash lo ha denominado: la globalización de la antigoblalización.

Ha sido este entorno complejo y desafiante el que me llevó a escribir mi más reciente libro Nacionalismos Emergentes (editorial LID)con el ánimo de contribuir a la búsqueda de nacionalismos genuinos, que rescaten el orgullo de pertenecer a comunidades vivas y colaborativas, sin que ello implique aislarse o polarizarse, ni despreciar a los otros. Terrible destino afrontaremos si las fracturas siguen quebrantado nuestro mundo.

Muros, Migración, Populismos

Visto de esa manera, el nacionalismo puede ser el acicate que nos lleve a ir más allá del dañino individualismo que nos hace creer que nuestra participación “política” como ciudadanos consiste en votar en la secreta soledad de una mera casilla cada vez que se convoca a elecciones, pues es un aguijón a la conciencia que sin duda contribuye a practicar la razonabilidad, que es la virtud democrática por excelencia: esa que nos lleva a cruzar el límite de nuestros propios intereses para asumir nuestra condición de ciudadanos, copartícipes de la responsabilidad de sacar adelante a México.

¿Cómo valorar la actuación de los medios de comunicación y las redes sociales ante los recientes desastres nacionales, no sólo provocados por huracanes y terremotos sino por tan apabullante corrupción, negligencia e indolencia humana? ¿Cómo valorar las acciones y omisiones de nuestros gobiernos? Entre montones de comunicación e información, y toneladas de escombros de desinformación, fake news y realities shows periodísticos, la línea es extremadamente delgada para distinguir entre sinceras intenciones y reprobables protagonismos. Lo terrible de la situación es que no quedan claras las implicaciones de la llamada “reconstrucción de México” tras los sismos y huracanes, pues su contenido, alcances y efectos son muy diversos. A fin de cuentas, ello depende de algunas pocas personas en favor de muchísimas otras. ¿Qué tipo de reconstrucción esperamos o necesitamos como nación? Sin duda una integral que abarque profunda mudanza psicosocial, en adición a las muy urgentes necesidades materiales y patrimoniales de tantas y tantos mexicanos en desgracia. Incluso, hay Estados y regiones del país que no sintieron ni resienten los estragos de los recientes desastres “naturales”; en esos lugares la vida sigue normalmente y sólo se conectan con la tragedia de los otros por televisión, noticias o redes sociales.

Pero imposible dar certidumbre a esa reconstrucción en un México plagado de instituciones, gobernantes y políticas púbicas sin credibilidad alguna. Imposible en un contexto ante la cercanía del proceso electoral 2018, donde el acceso al poder presidencial ‒y a otros poderes públicos‒ es la más atractiva motivación para tantas mujeres y hombres que aspiran y suspiran por ganar el voto mayoritario nacional.

México se integra por muchos Méxicos

Lo que forja un verdadero nacionalismo no sólo son razones, ni históricas ni utilitarias. También son sentimientos, en su forma más elemental.

México ha perdido toda brújula y no sabe cómo afrontar los enormes desafíos para su incierto nacionalismo. Lamentablemente sus líderes adultos no encuentran las bases ni conocen su proyección, sólo se ocupan de superficiales cambios coyunturales y de peleas intestinas entre élites partidistas. Tamaño error, pues se escandalizan de la antimexicanidad en el exterior, sin reconocer el germen de rechazo y hasta odio que reina al interior. ¿Quién será el descubridor o detonador de nuestro nacionalismo emergente de cara a las elecciones 2018?

Precisamente ahí está el reto que aquí hemos tratado de plantear: dejar de lado el nacionalismo racional, puro, perfecto, conceptual, acrisolado en los símbolos de unidad, para asumir la realidad de una nación compleja en la que las diferencias no sean motivo de encono sino de conocimiento y reconocimiento de la otredad. En suma, una nación democrática, de personas adultas que no necesita tener miedo a un enemigo declarado o inventado para unir esfuerzos. Una nación en la que confluyan las emociones y las ideas, los sentimientos de unidad y la racionalidad que implica el respeto.

En última instancia, lo que forja un verdadero nacionalismo no sólo son razones, ni históricas ni utilitarias. También son sentimientos que es necesario tener y cultivar, en su forma más elemental, que es la virtud del patriotismo. Una virtud que, si bien busca motivos para emprender la lucha por conquistar para su país el mejor estatus posible, también nos lleva a abrir el corazón para actuar de esa manera, aunque muchas veces la nebulosa de la política o de la corrupción parezcan enturbiar cualquier motivo para amar a nuestro país. Todo lo cual me recuerda aquellas hermosas palabras con que Ramón López Velarde expresara su sincero amor por México y que seguramente muchos más compartimos:

México, creo en ti,

Sin que te represente en una forma

Porque te llevo dentro, sin que sepa

Lo que tú eres en mí; pero presiento

Que mucho te pareces a mi alma

Que sé que existe, pero no la veo.