Allá por 1769, el inventor Wolfgang von Kempelen creó una especie de robot capaz de jugar -y ganar- una partida de ajedrez. Aquella estructura de madera asida a un maniquí con túnica fue conocida como “Automaton” o “El Turco”, y cuenta la leyenda que en 1809 derrotó al mismísimo Napoleón Bonaparte.

Algunas versiones refieren que -en realidad- se trataba de un mecanismo que, a través de espejos colocados en los ojos de “El Turco”, permitía que un jugador de baja estatura escondido en la cabina, viera el tablero y controlara los movimientos. Aunque es probable que las capacidades del autómata hayan sido un mito, el tiempo confirmó que la reproducción de capacidades y habilidades mentales humanas, además de viable, también supone cambios totales de paradigma. Casi dos siglos después, en 1996, sin turco ni truco, la supercomputadora Deep Blue vencía al entonces campeón mundial de ajedrez, Gary Kaspárov.

Hoy los seres humanos convivimos con softwares, robots, androides y máquinas superinteligentes. Más allá de SIRI-Apple, está Watson-IBM con una poderosísima personalidad tecnológica, entre otras muchas herramientas con inteligencia artificial, quienes interactúan con industrias -incluida la militar-, ciencias, profesiones y actividades cotidianas. Hasta hace muy poco su incursión era impensable en ciertos ámbitos en los que el pensamiento humano defendía su omnipotencia, pero nuevamente la realidad supera a la ciencia-ficción.

La inteligencia artificial de datos o big data en el terreno jurídico está exigiendo rápidas adaptaciones frente a la acumulación acelerada de expedientes, complejas leyes y reglamentos, interpretación y análisis jurídico y libros u opiniones académico-jurisprudenciales, que suelen ahogar a tribunales y despachos de abogados. Aunque muy rezagada, la relación entre Derecho, robótica e inteligencia artificial está poniendo a prueba a múltiples sistemas jurídicos.

En el mercado comercial surgen diversas propuestas, softwares u ofertas que prometen procesar, analizar y solucionar contenidos e información relevante de millones de leyes, sentencias y resoluciones legales, además de convertirlos en útiles algoritmos.

Por ejemplo, Jurimetría fue presentado en el reciente congreso de la IE Law School y el centro de informática legal de la Universidad de Stanford. Se trata de una herramienta de analítica jurisprudencial con fines estadísticos y predictivos que permite conocer la duración promedio de un proceso, las probabilidades de llegar a una instancia superior, la capacidad de resolución de una determinada instancia judicial e, incluso, tener acceso a un comparador de tribunales. También destaca el abogado ROSS, herramienta orientada a la investigación jurídica con base en una plataforma de IBM. Este sistema de inteligencia artificial ofrece ahorrar horas de análisis de datos ocultos en montañas de contratos, leyes y documentos en general.

TEMOR A LA NUBE

¿Ser o no ser adaptativos, en cuestiones legales? Muchos abogados se resisten a la adaptabilidad y funcionalidad tecnología, sabedores que su profesión es una de las más rezagadas en la materia. Confunden costos con desidia y apatía. Algunos siguen debatiendo si las aplicaciones atentan contra su trabajo jurídico, sin comprender ni atender las valiosas aportaciones y recursos que la inteligencia artificial ofrece en el campo del Derecho.

Tradiciones heredadas y miedo a la necesidad de capacitarse en las novedosas tecnológicas resultan lastres para la seguridad y certeza jurídicas del mundo de hoy y del mañana.


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